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LA PERCEPCIÓN DE LA INFANCIA EN EL MUNDO IBÉRICO

Autora: Teresa Chapa Brunet

Fuente: Trabajos de prehistoria, vol. 60, n° 1, 2003, páginas. 115-138
TRABAJOS DE PREHISTORIA 60. n. I. 2003. pp. 115 a 138
LA PERCEPCIÓN DE LA INFANCIA EN EL MUNDO IBÉRICO(1)
THE PERCEPTION OF CHILDREN IN THE IBERIAN CULTURE TERESA CHAPA BRUNET (*)

RESUMEN
Este trabajo pretende atraer la atención sobre un tema aún poco tratado en los estudios sobre la cultura ibérica, como es el análisis de la infancia. Toda sociedad debe arbitrar un sistema eficaz para transmitir a sus descendientes los principios en los que se fundamenta, puesto que ello depende su propia perpetuación. El trato otorgado a los niños es por tanto una ventana para descubrir las claves de la organización social e ideológica de cualquier grupo humano. Se analizan los distintos contextos arqueológicos en los que se aprecia presencia infantil, y se aportan hipótesis acerca de la valoración y de las distintas fases de desarrollo que debieron reconocerse en el mundo ibérico desde el nacimiento de un bebé hasta su entrada en la fase juvenil.

Palabras clave: Arqueología de la infancia. Edad del Hierro. Cultura ibérica. Enterramientos infantiles. Poblados ibéricos. Iconografía infantil. Divinidades curotrofas. Maternidad. Juguetes. Cuentos legendarios.

ABSTRACT
This paper tries to analyze childhood during the lron Age "iberian Culture", a topic which has received almost no attention up to now. Any society must find an efficient system in order transmit to their descendants the body of principies and rules that constitute its foundations, as this is essential to its perpetuation. The way children are treated is a window through which we can discover some keys of the social and ideofogical organization of any human group.
Different archaeohgical contexts of Iberian infancy are here
analysed, and some hypothesis are offered about how Iberians organized the different stages of growth from birth until youth.

Key words: Childhood Archaeology. Iron Age Iberian Culture. Children's graves. Iberian villages Iconography of children. " Kurotrofos" goddesses. Motherhood. Toys. Legendary tales.

INTRODUCCIÓN
Es un hecho constatado que la investigación arqueológica apenas ha abordado estudios específicos relacionados con el reconocimiento y la caracterización de la infancia, carencia que ha provocado en épocas recientes diversas llamadas de atención en la bibliografía especializada (Lillehammer 1999; Sofaer Derevenski 1994; Moore y Scout l997; Roveland 1997; Politis 1998; Kamp 2001a). El caso ibérico es un ejemplo claro, puesto que las alusiones a este aspecto son mínimas (San Nicolás y Ruiz Bremón 2000; Gracia et al. 1989). Los distintos autores coinciden en identificar una confluencia de factores como causa de este aparente "desinterés'' por el tema, conectándose algunos con la propia evidencia arqueológica y otros con la perspectiva teórica y social desde la que trabajan los especialistas.

Los niños, especialmente los de menor edad, están en situación de dependencia respecto a sus padres o superiores, y por lo tanto su representatividad social queda en gran medida enmascarada o limitada por el mundo de los adultos, que sólo les concede un reconocimiento de forma progresiva y pautada. Su acceso a un universo propio de derechos, espacios y cultura material diferenciada de la de sus mayores es algo a lo que hoy día estamos relativamente acostumbrados(2), pero esta situación dista mucho de parecerse a la de otras culturas y épocas, en las que los objetos infantiles no sólo eran más escasos, sino que dejaban una huella muy poco perceptible.

Sin embargo, como señala Politis (1998: 9). Los niños son generadores de un rico registro arqueológico que en algunas ocasiones se ha valorado no sólo por sus propias manufacturas, sino por la capacidad de alterar el orden material que los adultos consideran adecuado (Hammond y Hammond 1998). Por regla general, la investigación basada únicamente en el estudio arqueológico de los lugares de hábitat detecta la presencia infantil a través de tres tipos de objetos: a) juguetes: b) piezas habituales en el acervo material de los mayores, pero fabricadas en miniatura y acordes con el tamaño también reducido de sus usuarios; c) piezas específicamente destinadas al cuidado, la alimentación, el vestido o el adorno infantil. No hace falta decir, sin embargo, que la mayor parte de los elementos relacionados con estas esferas son difícilmente distinguibles de aquellos usados por los adultos con distintos fines, y que los instrumentos lúdicos han sido tradicionalmente objetos naturales escasamente modificados, o manufacturas de carácter orgánico que apenas dejan huellas arqueológicas: Si a esto unimos el carácter siempre incompleto de la evidencia y la lejanía respecto a la sociedad en estudio, es comprensible que la capacidad de detección de las actividades infantiles sea escasa (3). De hecho, cuando los niños se hacen presentes explícitamente en una sociedad a través de la iconografía o de las fuentes escritas, se observa que los estudios sobre ellos aumentan de forma considerable, aun siendo todavía limitados (4).

Otro de los problemas deriva de la propia caracterización de la infancia desde una perspectiva actual. Resulta evidente que cada sociedad marca los pasos a través de los cuales una persona va progresivamente integrándose en el mundo de los adultos, pero eso no ocurre de una manera uniforme, sino que por el contrario responde a patrones culturales y socio-económicos que se sobreponen al proceso de desarrollo propiamente físico del ser humano. Sin embargo, al desconocer dichos patrones, debemos optar por una compartimentación de edades basada en determinantes antropológicos, lo que establece una aproximación sesgada y falsamente “objetiva". En el caso ibérico se acepta la diferenciación antropológica vinculada a las etapas básicas de crecimiento: Infans I (de O a 7 años). Infans 11 (de 8 a 14) y luvenis (de 15 a 22) (Aranegui el al. 1993: 54) y sólo en aquellos restos mejor conservados se puede precisar algo más (5).

La observación del registro arqueológico ha permitido en ocasiones establecer momentos cruciales en el paso desde la infancia a la juventud y al mundo adulto que no coinciden exactamente con transformaciones biológicas importantes. Un ejemplo es el reseñado por C. Bérard durante sus excavaciones en Eretria. donde se observaba que el armamento acompañaba a los varones sólo a partir de los 16 años. En el entorno ateniense, bien conocido por las fuentes, es a esta edad cuando los jóvenes son admitidos en el seno de las fratrías, lo que supone un rito de paso estrictamente cultural (citado en Vidal-Naquet 1981: 190).

Igualmente pueden constatarse algunos principios, ciertamente razonables: pero que han sido' asumidos de forma general sin que exista siempre una contrastación arqueológica que los ratifique. Es ya conocida, por ejemplo, la discusión provocada por la tesis de Aries (1987). Según la cual los niños en el pasado se incorporaban mucho más rápidamente al mundo de los mayores, de manera que lo que podríamos tomar como un niño o joven, en muchos grupos sociales serían más bien considerados como pequeños adultos. El trabajo de Aries, especialmente centrado en el Antiguo Régimen, no ha quedado sin respuesta para otros contextos, como el mundo medieval, en el que se detecta una actitud diferente hacia la infancia (Shahar 1990: 3: Orme 2001). En definitiva, sólo si se combina la información cultural con la clasificación de la edad biológica podremos empezar a desvelar las etapas progresivas de incorporación de los niños al estatus de adulto.

Dudo que la infancia es difícil de rastrear en las unidades domésticas, la arqueología se ve a menudo obligada a estudiarla únicamente a través de los restos funerarios, lo que añade nuevas limitaciones a su análisis. En primer lugar, los niños pueden no ser considerados como miembros reconocidos del grupo social hasta que cumplen una determinada edad, y ello implica que pueden estar ausentes de los cementerios, faltando así cualquier indicio de su presencia. Además, sus restos son extremadamente frágiles, y por lo tanto resultan susceptibles de perderse por efecto de la erosión o de cualquier otro factor físico, e incluso han pasado a veces desapercibidos en excavaciones poco cuidadosas (Trellisó Carreño 2001: 92). Desde el punto de vista antropológico, resulta imposible diferenciar a los varones de las mujeres en los grupos edad mas corta, con lo que también se pierde la posibilidad de evaluar diferencias debidas al sexo, un factor que resulta de gran importancia en cualquier evaluación social. Finalmente, el hecho de trabajar básicamente con un registro funerario ritualizado hace que nuestro contacto con ellos esté marcado por antiguas normativas que pueden enmascarar la realidad social más que reflejarla de forma directa.

Por Si faltaba algo, esta "invisibilidad" material se combina con una cierta "ceguera" por parte de los especialistas, que en general tampoco se han interesado especialmente por el mundo infantil de las sociedades que analizan, cosa que no es de extrañar teniendo en cuenta todas las dificultades ya expuestas, pero en lo que también hay que reconocer un fuerte peso de la propia tendencia general de la disciplina arqueológica. Una revisión superficial a las distintas posiciones teóricas que han marcado la línea de las investigaciones, nos permite advertir que desde el Positivismo histórico se ha primado más el estudio del objeto que del sujeto, que desde la Nueva Arqueología se han analizado los grupos de edad con el fin prioritario de distinguir diferencias jerárquicas, y que desde el Marxismo se han primado las relaciones de clase frente a las de los grupos de edad (6). Cualquiera de estas propuestas puede arbitrar los medios para realizar estudios centrados en la infancia, pero de hecho hasta épocas recientes no se ha llamado la atención de una forma sistemática sobre este grupo social. Este cambio de posiciones se debe al desarrollo de las nuevas tendencias "pos-procesales" que han hecho hincapié en la importancia del individuo como actor dinámico en la configuración del lenguaje cultural, abriendo la puerta a la consideración de grupos sectoriales, y desarrollando especial mente los estudios de género. De hecho, la reflexión sobre el mundo infantil ha sido en muchos casos una consecuencia de la atención prestada al universo femenino dentro de cada unidad social.

Ciertamente, la infancia es un sector de importancia vital para cualquier grupo humano, puesto que de su existencia y formación depende la reproducción física e ideológica de la población como unidad diferenciada. Pero los niños son objeto de valoraciones necesariamente contradictorias, tanto por cuestiones puramente económicas o demográficas como por las relacionadas con el ámbito sentimental, educativo o social. Si bien un nacimiento es necesario para la reproducción de la unidad familiar, un exceso de ellos puede poner en peligro la supervivencia o el nivel económico de la familia, y poner remedio a este último problema tiene, a su vez, un alto coste sentimental y en ocasiones físico. Por otra parte los infantes requieren un gran esfuerzo en su atención y alimentación sin proporcionar ninguna contrapartida en sus primeros años más que la satisfacción de su existencia. Finalmente, un niño ya autónomo que colabora en las labores caseras presenta un proceso hacia la independización que a menudo implica la ruptura de algunas reglas asumidas y plantea nuevas situaciones de crisis que marcarán los cambios característicos de la sociedad futura.

Permitir un adecuado proceso de crecimiento, formación y adaptación de los niños a su contexto social exige una gran inversión por parte del grupo al que pertenecen, y un progresivo sistema para convertirles en los adultos que la sociedad considera adecuados. Todo ello implica un amplio y diverso sistema educativo en el que el niño va asumiendo los principios y los conocimientos precisos para llegar a reproducir con éxito el sistema social. Este proceso tendrá una normativa más explícita, compleja y diferenciada conforme la organización social tenga a su vez mayor complejidad y jerarquizaron. En sociedades en las que faltan los documentos escritos resulta difícil acceder a este código, cuya existencia asumimos sin arañar siquiera los detalles. Sin embargo, la arqueología, con un detallado estudio de los registros domésticos y funerarios, puede ayudamos a desvelar algunas de sus claves.

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