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LA PRIMERA INFANCIA EN EL MUNDO IBÉRICO

Como en cualquier otro contexto social, en el mundo ibérico (Fig. 1) hemos de pensar que la "presencia" de un niño se produce desde el momento de su concepción, puesto que el embarazo obliga a la madre, al padre y a los restantes miembros de la familia y del grupo a encarar un proceso a largo plazo que culmina bastante después del nacimiento con la incorporación de un nuevo miembro activo a la sociedad. Desde estos primeros momentos es necesario tomar una serie de decisiones que comienzan con la aceptación o el rechazo de la gestación, y que continúan con la adopción de las medidas que se consideren oportunas en cada caso. Suponiendo que el proceso siga su curso, existirá todo un cuerpo de costumbres y creencias sobre el desarrollo del feto, su posible atribución sexual preparto, tratamientos, recetas e infinidad de otros aspectos sobre los que la tradición y la experiencia marcarán la opinión popular.

Una vez llegado el momento del nacimiento se requieren servicios más especializados, ligados a médicos y parteras, cuya existencia debemos suponer entre los habitantes de un asentamiento, especialmente en el segundo caso. La situación de riesgo que se produce en esta fase es máxima, puesto que están en peligro tanto el bebé como su madre, y resulta preciso extremar los cuidados dedicados a ambos. Poco después, y si este proceso se culmina con éxito, la incorporación del niño constituirá un punto de inflexión en la comunidad familiar, y un acontecimiento que puede tener una extensa proyección en la futura vida de sus miembros, puesto que se crea un nuevo orden generacional que redistribuye la línea de parentesco y de transmisión de los bienes sobre la que bascula la organización de la sociedad. Una parte básica de la persona social del niño se gesta ya en el momento de su nacimiento, cuando es reconocido y aceptado por sus padres, entrando a formar parte de su entorno familiar y de su comunidad. Su sexo, la situación de su familia dentro del conjunto poblacional o su posición en el orden de descendencia, serán factores fundamentales en su consideración dentro del grupo, abriendo un escenario en el que desarrollará sus aptitudes, su apariencia y su personalidad. A su vez, también se introduce automáticamente en una estructura política a mayor escala ligada a la organización y explotación de un territorio, que se traducirá en una adscripción étnica, constituyendo el marco ampliado

1Fig. 1. Mapa con situación de los yacimientos citados en el Texto, 1: Turó deis Dos Pins; 2: Moleta del Remeí: 3: La Escudilla; 4; Puntal dels Llops; 5: Castellet de Bernabé: 6: Tossal de San Miquel; 7: Corral de Saus; 8: Los Villares: 9: El Amarejo; 10: La Serreta; 11: Pozo Moro: 12: Coimbra del Barranco Ancho; 13: La Albufereta: 14: Les Moreres; 15: Cabezo Lucero; 16: El Cigarralejo: 17:Cabecico del Tesoro; 18: Villaricos: 19: Castellones de Céal: 20: Collado de los Jardines; 21: El Pajarillo: 22: Porcuna; 23: Osuna: 24: Setefilia.

de su relación social, económica y simbólica. Todo ello condicionará su proceso de aprendizaje, a través del cual los niños van asimilando las pautas y desarrollando las habilidades necesarias para su supervivencia a largo plazo:
Scott (1992: 90) afirma que todo lo que le sucede a un niño después de nacer es cultural, lo que implica que su desarrollo está absolutamente marcado por las pautas sociales. Es de imaginar que en el mundo ibérico existió una conducta normalizada en relación con el parto, y que una vez nacido, el niño tendría que ser reconocido por su progenitor como paso previo para su aceptación por la comunidad. Tanto en Grecia como en Roma existían fórmulas bien establecidas para cumplir con estos requisitos (Sissa 1986: 171;Rawson 1986). En el caso griego existía un complicado proceso formal, debido al carácter selectivo impuesto por la pertenencia a una ciudad, pero en mayor o menor medida, esta integración en el grupo a través de la familia debió estar claramente fijada en otras culturas mediterráneas como la ibérica. No sabemos si en este aspecto influyeron dentro de este contexto aspectos como el sexo o las malformaciones congénitas, lo que en todo caso no sería de extrañar. Sin embargo, y aún estando sanos, los niños más pequeños están abiertamente expuestos al peligro de no sobrevivir, lo que junto a su obligada dependencia alimentaria podía provocar que en cierta medida quedaran apartados de la vida social y recluidos durante estas primeras etapas vitales en la estera femenina.

LA MORTALIDAD EN TORNO AL PARTO Y AL PERIODO DE LACTANCIA

Hasta épocas muy recientes, las sociedades han debido afrontar un alto porcentaje de pérdida de los niños concebidos, tanto durante su gestación como en torno a su nacimiento y primeras fases de vida (Beausang 2000). Además, estos peligros implican también a la madre, cuyo fallecimiento arrastra a menudo el del bebé, aunque éste hubiera nacido sano, por carencia de cuidados y alimentación. La supervivencia de un ser humano en buenas condiciones no ha sido un proceso de fácil consecución a lo largo de la historia. En sociedades como la ibérica existieron múltiples factores de limitación demográfica además de los que pudo diseñar el propio grupo social. Embarazos problemáticos, enfermedades, accidentes, hambrunas o guerras forman parte de una larga lista de amenazas a la vida humana que alcanzan prioritariamente a los individuos más frágiles, como son los niños y las mujeres en procesos de gestación y crianza.

La muerte en el parto debió ser un riesgo importante, y de hecho tenemos varias evidencias del mismo, de las que podemos destacar como ejemplos por su distinto tratamiento los casos documentados en tas necrópolis de Castellones de Céal (Jaén) y de Turó de dos Pins (Barcelona). En la primera (Chapa et al. 1998: 111-113) se localizó la inhumación de un neonato (tumba 11/149) cuidadosamente protegida por piedras y adobes (Fíg. 2). Se adosaba a los restos de una pira (11/148) en la que quedaban algunos restos óseos correspondientes a una mujer joven, de unos 18 a 20 años. Por dificultades del contexto no se pudo determinar si la mujer fue incluida en una tumba inmediata, pero en todo caso parece que tras la muerte de ambos, mientras que el cadáver femenino fue incinerado, el infantil se depositó sin alteraciones junto a la estructura de cremación. Este tipo de hallazgos -inhumaciones infantiles en áreas de necrópolis- no son frecuentes, pero tampoco desconocidos, como se demuestra en el caso de El Cigarralejo, donde se contabilizan al menos 11 casos (Santonja 1992: 37). Sólo dos de ellos (tumbas 104 y 214) se asociaban a un equipo funerario propiamente dicho, consistente en el recipiente en el que fueron

2Fig. 2. Sepultura de neonato en Castellones de Céal.

introducidos y en los objetos de adorno y protección que llevaban puestos (Fig. 3). Los demás se depositaron simplemente ocupando un espacio entre otras tumbas, y por esta razón quizás no son enumerados en la memoria del yacimiento (Cuadrado 1987:35). Por su parte, en Turó dels Dos Pins (García i Roselló 1993: 75-77) se recuperaron en la tumba 38 los huesos quemados de una joven junto a los de un bebé que pudiera ser interpretado como un feto a término que no llegó a superar el momento del parto. Existen otros casos en los que niños pequeños, menores de un año, fueron quemados en la pira e introducidos en su propia tumba como si de adultos se tratara. Más adelante veremos algunos ejemplos.

Esta brevísima muestra nos lleva a recordar que aunque los niños muertos al poco tiempo de nacer podían ser quemados, en la mayoría de los casos no eran sometidos al fuego, sino inhumados (7), como se ha señalado ya en repetidas ocasiones (Santonja 1992: 37). Además sus restos no se limitan a ocupar el espacio de las necrópolis, sino que se encuentran también en las áreas de hábitat, lo que subraya aún más su separación de las pautas rituales aplicadas a los restantes grupos sociales. El hecho de vincular los bebés a los espacios domésticos todavía carece de una explicación satisfactoria a pesar de que el caso ibérico no es único, sino que por el contrario se trata de un hecho recurrente en muy distintas etapas de la historia y en ambientes geográficos dispares. Faltan además excavaciones extensivas que puedan llegar a detectar y contextualizar los restos infantiles, configurando así pautas de comportamiento que proporcionen claves interpretativas.

3Fig 3. Sepulturas infantiles de la necrópolis de El Cigarralejo (a partir de Cuadrado 1987)Los trabajos pioneros (Gusi 1970 y 1992: Guérin y Martínez Valle 1987-88) y sobre todo el volumen dedicado al tema: "Inhumaciones infantiles en el ámbito mediterráneo español (siglos VIl a.E. al II d.E.) de los Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de Castellón (n° 14, 1989) expusieron una evidencia hasta entonces dispersa y permitieron sistematizar y ofrecer un nuevo punto de partida para la investigación. Como es habitual, el intento de buscar una lectura homogénea para todos los casos se ha revelado imposible, teniendo en cuenta la gran diversidad de la muestra conocida. En determinados lugares se ha defendido el carácter ritual de las inhumaciones, que serían fruto de sacrificios en los que podía haber víctimas sustitutorias, esencialmente ovicápridos (Barrial 1989: 13, con argumentos razonados). Entre otros, pueden citarse los casos de Castellet de Bernabé (Liria, Valencia) y del Puntal dels Llops (Olocau, Valencia), en donde los ajuares de las habitaciones en las que se incluyen restos infantiles tienen carácter religioso, y además estas deposiciones parecen coincidir con episodios de reestructuración arquitectónica de los distintos espacios (Bonet y Mata 1997: 133). En estos casos los niños tienen edades variables, aunque generalmente son lactantes de menos de un año.

El caso más llamativo es el de los conjuntos de La Escudilla y Los Cabañiles (Zucaina, Castellón), en los que bajo ciertas construcciones se acumulan un buen número de inhumados. En el primero de los yacimientos hay variaciones entre ellos tratándose tanto de fetos como de nonatos y lactantes, hasta un número de al menos 25. En el segundo se encontraron 6 neonatos. Gusi (1997: 199 con bibliografía anterior) ha señalado la extrañeza de este hallazgo, que además se encuentra en una zona montañosa del interior y corresponde a una fase antigua, situada entre finales del siglo VI y la segunda mitad del siglo V a.C. A pesar de que sobre estas concentraciones de restos infantiles ha planeado siempre la sombra de la influencia fenicio-púnica, que habría introducido en la Península rituales del tipo tofet, la muestra de Castellón se aleja morfológicamente de estas costumbres, y su propio excavador recuerda que podemos estar ante tradiciones más antiguas de tipo indoeuropeo más que propiamente coloniales mediterráneas, opinión parcialmente compartida por otros autores (Gracia et al. 1989: 151). El casco de La Escudilla: con sus estructuras cuadranglares y sus monolitos en la entrada y en el centro de los recintos (Gusi 1989: 29) recuerda en realidad fórmulas más próximas a los túmulos de tipo Campos de Urnas, de los que parece una versión específica dedicada a los enterramientos infantiles.

Otro caso interesante es el de la Moleta del Remei de Alcanar (Montsiá. Tarragona), en donde se recuperaron varios niños, todos ellos productos de muertes relacionadas con el momento del parto. Excepto uno, los demás se habían introducido en una misma fosa, y los restos no estaban completos, lo que se interpreta como fruto de una posible exposición previa que se relacionaría con tradiciones preibéricas (Gracia et al. 1989). Aunque es verdad que el hecho de la muerte es un aspecto que las sociedades intentan asumir e introducir en su compleja simbolización del mundo, también existen situaciones en las que un proceso indeseado conduce a sustraer ciertos acontecimientos de la conducta ritualizada habitual. El hecho de enfrentarse al nacimiento de un niño que no se puede o no se desea asumir, o la propia muerte espontánea del mismo durante el embarazo o el parto, consideradas como fracasos o malos augurios, ha llevado a ocultaciones de los fetos y de los recién nacidos antes de que su existencia fuera conocida y asumida social mente. Esta costumbre se ha mantenido en el contexto europeo en todas las etapas históricas (Scott 1990, 1992), pero es difícil reconocerla por otras vías que no sean las arqueológicas, ya que es una conducta que por distintas e importantes razones suele ser silenciada (8).

En ambientes ciudadanos más complejos se permitía el abandono del recién nacido mediante su exposición en un lugar público, a menudo cerca de un templo o santuario, de forma que el bebé tuviera una posibilidad, aunque remota, de salir adelante (Garland 1985: 81). En general esta opción puede considerarse como un infanticidio postparto, de los que pudo haber otras versiones mediante descuidos, falta de alimentación o cuidados, etc. Se advierte que en sociedades como la griega o la romana estas soluciones se aplicaban con mucha más frecuencia a las niñas que a los niños, debido al sistema ideológico y económico imperante. Aunque se ha defendido en ocasiones que el recurso al infanticidio femenino fue en todo caso muy limitado (Engels 1980: 116). otras opiniones otorgan una importancia mayor a este sistema "regulador (Golden 1981: 317 ). Algunos indicios indirectos, como el recuento de miembros de las familias inmigrantes en Mileto entre 228 y 220 a.C. ha permitido observar que entre ellas se contabilizaban 118 hijos varones frente a 28 niñas, lo que resulta una desproporción demasiado notable para ser natural (Pomeroy 1983: 210).

En todo caso, y aun teniendo en cuenta tanto los lactantes enterrados en las necrópolis como en los poblados, el número de niños de corta edad recuperados en los yacimientos ibéricos resulta enormemente limitado. Esto es algo frecuente en muchos contextos culturales, incluso en aquellos en los que los niños son objeto de cuidados y reconocimiento. En realidades una opinión generalizada que la mortalidad infantil debió ser extremadamentete alta en este tipo de sociedades, admitiéndose como razonable una tasa entre el 40 y el 50 % con respecto al total de la población (Almagro-Gorbea 1986:480; Goodman y Armeiagos 1989: 225). Sin embargo, teniendo en cuenta que en unos casos su muerte debe ocultarse, que en otros, aunque pública, supone una gran decepción sentimental que debe ser prontamente superada, y finalmente que los niños pequeños tienen mermado su reconocimiento social, resulta lógica su limitada representatividad funeraria. Así, en el mundo romano, las inscripciones fúnebres que registran la muerte de niños pequeños son sólo un 1.3 % del total analizado por Hopkins (1983: 225). relativas en su mayor parte a varones, y lo mismo sucede en el campo del arte o de la literatura, acentuándose este hecho en los momentos anteriores al final de la República (Dixon 1988:114-). Plutarco señala que ya en la Roma arcaica Numa Pompilio limitó el tiempo que podía dedicarse a lamentar la pérdida de un niño, y mucho más tarde Cicerón considera que exagerar en este punto es claramente inadecuado (Lee 1994: 71).

Esta notable ausencia del elemento infantil no se produjo siempre en épocas inmediatamente preibéricas como se aprecia en el análisis del amplio cementerio de Les Moreres, en Alicante (900-625 a.C.), donde los niños de menos de 2 años están mucho mejor representados (González Prats 2002). Este comportamiento es relativamente similar al patrón ofrecido por las necrópolis fenicias y púnicas (Gómez Bellard et al. 1992), sí bien en estos casos pueden existir zonas de la necrópolis casi exclusivamente dedicadas a los niños, como ocurre en las vertientes norte y sur de la colina "U” de Villaricos (Astruc 1951: 52-53). Sin embargo, para épocas similares en el ámbito tartésico del suroeste peninsular de nuevo se ha resaltado el déficit de este grupo de edad. En la necrópolis de Setefilla se han propuesto diversas hipótesis que podrían explicarlo: o bien se entierran aparte, o bien no eran enterrados. o bien hay prácticas de contracepción o infanticidio, en este último caso afectando selectivamente a las féminas, dado que el número de varones enterrados en los túmulos estudiados es mayor al de mujeres (Aubet 1995: 402).

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