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EL CUIDADO DE LOS LACTANTES

4Es muy poco lo que sabemos del cuidado del recién nacido en el mundo ibérico. Es de suponer que como en la mayoría de las sociedades comparables, la madre se encargara de alimentar al bebé hasta una edad relativamente avanzada, en la que el niño cambia su forma de vida y empieza a insertarse lentamente en el mundo de los adultos. En el ámbito romano el destete comenzaba hacia los 2 años, y el final de la primera infancia se podía situar hacia los 3 años. Coincide por tanto con las recomendaciones propuestas por Platón en sus Leyes, donde se indica que los niños deben ser amamantados hasta los 2 años y tener una nodriza hasta los 3 (Golden 1990: 20). En ciertos momentos se tendió al empleo de nodrizas como sustituías de la lactancia materna para las familias más acomodadas, convirtiéndose estos personajes en un grupo social con características y prerrogativas muy especiales dentro del ámbito romano (Bradley 1986: Mangas 2000), pero esto es raro en comunidades más sencillas, donde es poco frecuente que existan alternativas a la madre para alimentar a los niños, lo que puede llevar a la muerte de éstos por inanición si por cualquier causa falta la leche materna. En todo caso, el periodo de lactancia se suele prolongar lo más posible, dado que disminuye la posibilidad de nuevos embarazos no deseados y que la leche es una fuente de alimentación sana y segura. Los problemas del cambio hacia la ingestión de otros alimentos son precisamente otra fuente de riesgo para los infantes, como se demuestra en los estudios de la capa de esmalte dental correspondiente a estas edades (Price et al 2002).

Hay muy poco material arqueológico relacionado con esta primera infancia. Algunas piezas cerámicas ibéricas se han clasificado como "saca-leches” (Fig. 4.1) por su similitud con otras manufacturas mediterráneas así interpretadas (Page 19S5; 141, con referencias bibliográficas), si bien otros autores no están de acuerdo con la interpretación de estas piezas, considerando poco adecuada su forma a la función que se propone (Broncano 1989: 217-219. acerca de las piezas recuperadas en el depósito votivo de El Amarejo, en Albacete). En las necrópolis se han encontrado únicamente en El Cigarralejo y en Coimbra del Barranco Ancho, pero siempre fuera de contextos funerarios cerrados (García Cano 1997: 158). Por otra parte, en el mundo púnico existieron piezas asociadas invariablemente a los niños que se consideran “biberones" (Fig. 4.2), y que perduraron en época romana. A pesar de que tenemos evidencias recogidas en la necrópolis del Puig des Molins de Rabiza (Gómez Bellard y Gómez Bellard 1989: 218) o en la de Villaricos (Astruc 1951. lámina. XXIV. 7), estos elementos no llegaron a popularizarse entre los iberos. Su funcionalidad ha sido también discutida desde antiguo. puesto que estas formas han servido como juguetes más que como recipientes de líquidos hasta épocas recientes (Coulon 1906).

En el contexto ibérico son más abundantes los vasos zoomorfos (Fig. 4.3) que pudieron cumplir este mismo papel. Los ejemplares conocidos son básicamente recopilados por García Cano (1997, 164-166), apreciándose que se encuentran tanto en las tumbas como en algunos puntos especiales de los asentamientos, muchas veces con claras connotaciones cultuales, como sucede en el depósito votivo de El Amarejo (Broncano 1989). El uso de estos recipientes para la alimentación infantil está atestiguado en una terracota procedente de la necrópolis púnica del Puig des Molins, en el que una mujer sentada alimenta a un bebe con uno de ellos (Almagro Gorbea 1980: lámina. XXXI; Olmos 1999. n° 66.5), mientras que en otro caso hallado en la necrópolis de La Albufereta de Alicante (Fig. 4,4) una dama en pie sostiene al niño en uno de sus brazos, y con el otro sujeta un vaso ornitomorfo (Rubio Gomis 1986: 115 y fig. 39).

Resulta evidente que en el mundo ibérico a partir del siglo IV y especialmente en el siglo III a.C., cobró fuerza el culto a una divinidad femenina que protegía la vida humana, y que acogía igualmente a los difuntos tras su muerte. Su carácter e iconografía particular hablan de una idea propiamente ibérica que tiene sus puntos de contacto con la Astarté-Tanit del mundo fenicio-púnico y con diosas del tipo Deméter, Perséfone o Afrodita en el mundo griego. Sus características y atributos han sido estudiados con detalle por Olmos (e.p.), y por tanto aquí sólo procede hacer algunos comentarios especialmente vinculados al mundo infantil. Y es que esta divinidad, entre otras posibilidades, desvela su importante papel como generosa madre o nodriza amamantadora, protectora de los bebés en concreto y. a través de ellos, de la humanidad en sentido más amplío. Este aspecto curótrofo fue ya detectado por Blázquez (1983). Marín Ceballos (1987) y más recientemente por Gil González y Hernández Carrión (1995-96). La figura que amamanta asume el sentido maternal, pero no pierde, como madre no-biológica, las virtudes de las nodrizas, quienes se consideraron en muchos contextos como cuidadoras, educadoras y cómplices, al estilo de la Euriclea homérica con respecto a Odiseo (Vilatte 1991: 13-15).

El culto a esta divinidad en su versión infantil no sólo debió practicarse en los poblados, sino que debió extenderse a los santuarios, en donde probablemente existían ceremoniales e incluso quizás fiestas específicas para la protección del recién nacido mediante su ofrenda a la diosa (Olmos e.p,). La cueva de barro cocido que se incluye en el rico mobiliario de la tumba L-127-A de La Albufereta (Rubio Gomis 1986:2! 6, fig. 97) parece ser una alusión a un emplazamiento de este tipo como vía de comunicación con la divinidad, que debió ser igualmente venerada mediante pequeños templas y santuarios en distintos lugares del mundo ibérico (Lillo Carpió 1995-96 y 1997). El importante trabajo de Sourvinou-lnwood (1978) sobre el culto a Perséfone y Afrodita en el santuario de Locri nos permite evocar cómo pudo desarrollarse su variante ibérica, muchos de cuyos elementos materiales comparte.

Esto quiere decir que en el mundo ibérico, especialmente en su segunda fase, hubo una importante valoración de la crianza infantil, a la que se dedica todo un ritual y una advocación específica de la divinidad. Esta iconografía de la mujer indica que los niños ibéricos de corta edad quedaban bajo su protección, y que se confiaba en el ambiente femenino para el cuidado y la primera educación de los infantes. Se refuerza, por tanto, el papel doméstico femenino, aunque no es el único al que la mujer se asocia, apareciendo también en otras actividades, si bien relacionadas habitualmente con el ámbito religioso. Esta falta de representaciones en acciones cotidianas permite entrever el papel social relativamente limitado que se le debió conceder en época ibérica, como sucede en otros ámbitos mediterráneos (Engels 1998).

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