cabecera iberos IT2

9Si bien ninguno de ellos es exclusivamente infantil, el conjunto nos proporciona unas ciertas pautas de lo que cabría esperar que acompañara a un niño en su vivienda. Podemos empezar a rastrear así su existencia cuando nos encontramos con piezas de este tipo mezcladas con las que conforman los ajuares domésticos. Un ejemplo lo constituye el departamento 111 del Tossal de Sant Miquel de Liria, donde se encontraron pequeñas cuentas de collar y una campanita (Bonet 1995: 255-257), posibles indicios de la presencia de un bebé en la casa, lo que podría ocurrir igualmente en el departamento 4. La iconografía ibérica, sin embargo, no ha recogido estampas de los niños más pequeños, al contrario de lo que ocurre en el mundo griego. donde aparecen como bebés gateando desnudos y protegidos por sus amuletos en las pinturas que "decoran sus propias jarritas (Beaumont 1994: 81. fig. 5).

Pero si algo caracteriza a los niños es la presencia de juguetes (Plati 1999), un medio a través del cual no sólo consiguen diversión, sino el aprendizaje de habilidades y reglas que les permiten desarrollar sus facultades y conocer las normas y los sistemas que fundamentan el "juego" social Aunque en el caso de los bebés sus tipos pueden ser indiferenciados. Pronto empiezan a aparecer elementos discriminadores que, junto con el vestido, las costumbres y la cultura en general amoldan a las niñas al rol femenino, y a los varones al masculino (Sofaer Derevenski 1997). Como se ha indicado, son muy pocos los objetos que pueden ser claramente interpretados como elementos de juego, puesto que en la mayoría de los casos se trata de piezas naturales o realizadas en materiales perecederos.

10Un ejemplo especial lo constituye una figurilla femenina de brazos articulados que fue recuperada en el departamento 49 del Tossal de Sant Miquel de Liria (Bonet 1995:484) lámina. XXVIII). Fue decorada con técnica de pellizco, y representa a una mujer con tocado de tipo casquete y túnica larga (8,24 cm. alto y 2.7 cm. de ancho), conservándose aún restos de pintura sobre su superficie (Fig. 10.1). Apareció en una zona de gran desnivel en la que se documentaron departamentos irregulares y de dimensiones reducidas, lo que provocó una fuerte incidencia de la erosión y por tanto de pérdida de materiales. Tanto en este departamento como en el vecino n° 50 había otros materiales, como vasitos caliciformes que suelen aparecer en la mayoría de las viviendas, y además en este último se localizó una sepultura infantil, mientras que del nº 49 procede una inscripción ibérica sobre plomo. Otras figuritas semejantes, aunque más toscas, se han encontrado también en el departamento 3 del Puntal deis Llops de Olocau (Bonet 1995: 484). En otros recintos del Tossal de Sant Miquel como los n°67. 73 o 114 hay figuritas de terracota, en un caso una cabecita femenina (Fig. 10.2-3), y en otros un jinete o una cabeza de un posible caballo, uniéndose este último a un juego de fichas circulares de cerámica (Bonet 1995: 105-6). Otros hallazgos fuera de contexto parecen indicar que este tipo de piezas era bastante frecuente (Bonet 1995: 298). Es evidente que no se puede asegurar que estas figuritas formen parte exclusivamente del mobiliario infantil, pero resultan coherentes en esta lectura, si imaginamos que las casas fueron ocupadas por niños tanto como por adultos.

Es posible además que algunas manufacturas de tecnología sencilla y de dimensiones adaptadas a sus pequeños usuarios fueran empleadas por los niños, y en ocasiones incluso fabricadas por ellos.
La habilidad infantil para modelar objetos reconocibles es una actividad siempre valorada por el mundo de los adultos, como recoge Aristófanes en su obra Las Nubes (877-881) cuando Estrepsíades alaba las capacidades de su hijo en este sentido (Golden 1990: 11). Además pronto los niños empezarán a convertirse en aprendices de manufacturas artesanas, tanto para su propio uso como por su introducción a un oficio especializado que requerirá un largo tiempo de formación (Kamp 2001b). otro aspecto que requiere un análisis más detallado I. FinLay 1997.

11Fig, 11 - Reconstrucción de la tumba n° 51 de la necrópolis de Turó dels Dos Pins (según García i Roselló 1993).En algunas tumbas ibéricas se han recuperado vasitos hechos a mano que parecen ligarse al universo infantil, ya sea como elementos de juego o como una vajilla acorde con sus jóvenes usuarios. El caso que proponemos aquí es el de la excepcional tumba 51 de la necrópolis ya citada de Turó dels Dos Pins, Consiste en un hoyo excavado en el suelo natural con unas dimensiones de 1,12 m. de ancho máximo y 0.82 m. de profundidad. Encontramos en ella un grupo familiar, como reconocen sus propios excavadores (García i Roselló 1993: 107). Todos los individuos habían sido incinerados, introduciéndose los restos de un varón adulto en un ánfora otro varón adulto junto con un niño en una jarra ibérica grande con dos asas, un adulto indeterminado junto a otro niño en una urna con tapa, y dos urnas con tapa más conteniendo a un niño cada una de ellas. En una cuarta urna tapada se contenían huesos sin quemar de ovicáprido y un huevo de gallina completo, mientras que en una pátera tipo "phiale mesonphalos" con inscripción quedaron depositados otros restos de ovicáprido y de ave. Un juego de 12 astrágalos igualmente de ovicáprido habían sido quemados en la pira y aparecieron agrupados en el interior de la tumba. Por el dibujo que ofrece la reconstrucción de la tumba (Fig. 11) parece que los vasos que contenían los restos humanos se colocaron preferentemente en el fondo de la fosa, mientras que el resto se distribuyó aprovechando los espacios libres. La variedad y cantidad de piezas enterradas hace pensar en que se incluyó buena parte del ajuar cerámico propiedad de la familia, si bien el hecho de que algunas piezas no presenten indicios de uso hace sospechar que su finalidad fue estrictamente funeraria. En todo caso, estos individuos se acompañaron de un rico ajuar vinculado al consumo de comida y bebidas, pero no con aquellos elementos ligados a su producción.

Las piezas que hipotéticamente podrían relacionarse con los niños, al margen de que todas ellas forman un ajuar que afecta como conjunto a los individuos enterrados, son los siete pequeños vasos hechos a mano que se recuperaron junto con el resto de las piezas (Fig. 12). En el mundo ibérico, a pesar del predominio casi total del torno en la fabricación cerámica, se mantiene una cierta costumbre de realizar algunos vasos a mano, sobre todo en el contexto doméstico de carácter culinario (Martínez 1996). Sin embargo, raramente estos recipientes son considerados adecuados para incorporarse a los ajuares funerarios, y de hecho, estos siete vasitos se vinculan por su forma a la bebida más que propiamente a la cocina. Hay que reconocer que en la misma necrópolis se han recuperado vasos formalmente semejantes en las tumbas 50 y 85, asociándose a enterramientos de adultos. Sin embargo, lo que sorprende en la tumba 51 son las pequeñas dimensiones de los mismos, puesto que si los de las tumbas citadas miden 11 y 12,4 cm. de altura, los de la tumba 51 se sitúan entre 4 y 8 cm.

121314Fig 14. Cipo de piedra procedente de la necropolis de Coimbra del Barranco Ancho. (Según García Cano 1997 y Proyecto Imagen Iberica del CSIC)

Los ajuares miniaturizados no son frecuentes en el ámbito ibérico, pero existen, como se puede observar en la tumba 214 de El Cigarralejo, con un equipo variado de tamaño reducido ligado a los restos de un niño de entre 7 y 10 años (Cuadrado 1987: 396). Otro caso puede ser el de la sepultura 63 de Coimbra del Barranco Ancho (Fig. 13), en cuya fosa se recogió una pequeña botella, una macita cerámica con dos cabezas de ave. punzones de hueso, fusayolas, cuentas de collar y conchas, proponiendo ya sus excavadores que podría tratarse del enterramiento de una niña (García Cano 1997: 192, fig. 84 y 1999: 78-79). La excavación extensiva de necrópolis en el ámbito celtibérico y vacceo ha revelado también ajuares de este tipo, como sucede en las tumbas 5 y 12 de la necrópolis de Las Ruedas (Valladolid (Sanz Mínguez 1997: 55-60)).

Ciertamente, algunos de los "juguetes'' más populares a lo largo de la historia han sido los animales jóvenes o de pequeño tamaño, que se convierten en mascotas infantiles. Nos faltan análisis óseos detallados que confirmen la presencia de fauna de este tipo que pudiera haber acompañado a los niños en sus sepulturas, pero un indicio nos lo ofrece el conocido cipo de Coimbra del Barranco Ancho en Jumilla (García Cano 1997: 264-5. láminas. 58-9). Dos de los jinetes que avanzan por las caras laterales del bloque muestran los cascos de sus caballos pisando dos figuras: un posible conejito y un ave. además de una pequeña cabeza humana que puede simbolizar a la propia muerte (Olmos 1999: 87.1). Resulta tentador pensar que la muerte o la transformación del niño o joven cuya figura es acogida por el personaje sedente, implica también la de los elementos y símbolos que irían unidos a él. aunque esta lectura no deja de ser una propuesta más a espera de confirmación. La tumba 70 de esta necrópolis, que sus excavadores relacionan con el cipo, presentaba restos de conejo incluso en el interior de la urna cineraria (García Cano 1999: 161).

Como atributos infantiles ligados al sexo femenino pueden considerarse las bolitas de arcilla decoradas, que en muchos otros lugares del Mediterráneo están claramente vinculadas a las niñas y jóvenes aún solteras (Stromberg 1998: 22). Era una costumbre que poco antes de la boda estas esternas se ofrecieran a Perséfone como un símbolo de la infancia que se deja atrás, y que ha sido protegida por la diosa. En contextos funerarios son interpretadas, por lo tanto, como indicadoras de la presencia de jóvenes solteras, que en la muerte buscan también la protección divina (Sourvinou-lnwood 1978: 108). Un ejemplar de este tipo se ha encontrado de nuevo en la tumba 51 del Turó dels Dos Pins (García Roselló 1993: 121, n° 66), por lo que cabe suponer que uno de los tres niños enterrados fuera de sexo femenino. Como ofrendas relacionadas con muchos otros elementos de carácter ritual figuraba una de estas piezas (Rubio Gomis 1989: fig. 98, n°NA5305).

Otros elementos que aparecen con mucha frecuencia tanto en las casas como en las tumbas son los conjuntos de dados, fichas circulares de cerámica y tabas de ovicáprido, para los que se han propuesto diversas lecturas, pero que indudablemente tienen una probable vertiente lúdica. Aún así, falta un estudio detallado que permita evaluar estos hallazgos como conjuntos, de forma que se sepa cuántas unidades suelen formarlos, sus características y sus posibles usos diversificados (García Cano 1997: 185-187 y 251-254 con un estado de la cuestión para estos tipos de piezas). Resulta claro que los niños demasiado pequeños no estarían en condiciones de dominar este tipo de juegos, pero cuando alcanzan edades superiores a los 7-8 años ya podrían participar en ellos. Sin embargo, la presencia de las tabas no es frecuente en las sepulturas infantiles o juveniles, si bien tenemos el caso de la tumba 70 de Coimbra del Barranco Ancho, que entre su rico ajuar incluye un número elevado de astrágalos (Iniesta Sanmartín et al. 1987).

Volver

CENTRO DE DOCUMENTACIÓN VIRTUAL DE LOS IBEROS

Eventos