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CONCLUSIÓN

Al final de todas estas reflexiones queda de nuevo patente la dificultad para definir las características de la infancia en el mundo ibérico. Las poquísimas sepulturas de lactantes y la diversidad de su ritual -inhumación e incineración- nos vuelven a plantear la escasa rigidez de la normativa funeraria. Queda la impresión, una vez más, de que sólo encontramos aquellos niños que forman parte de ciertas familias bien situadas, que les proporcionan un ajuar limitado, pero personal. El desarrollo del culto a la divinidad femenina que tanto arraigo tuvo en el área ibérica a partir al menos del siglo IV a.C. presentó una vertiente directamente ligada a la protección de la mujer, especialmente en su función maternal. Esto parece indicar que los niños, al menos los más pequeños, quedaron bajo la esfera femenina, una etapa fundamental en la conformación de la personalidad y en el aprendizaje cultural, que implica la asimilación del lenguaje (Porter Pole 1994: 850). Los amuletos y cuentas que se les asocian indican la búsqueda de protección contra cualquier tipo de mal, y las terracotas que muestran a la divinidad como curótrofa señalan las expectativas Sociales de la mujer como reproductora y ligada al ambiente doméstico. Guérin (1999: 93) señala que este papel se reforzó a tiñes del siglo 111 a.C., cuando debido a la inestabilidad generalizada, los varones pasarían mucho tiempo ausentes, quedando los bienes familiares a cargo de las mujeres, y adquiriendo éstas un papel importante en su transmisión hereditaria. La existencia de tumbas femeninas de importancia en las que, sin embargo, no se amortizan objetos valiosos que parecen reservarse a las futuras generaciones, podría aportar una reflexión en el mismo sentido aunque arrancando desde un momento anterior (Chapa y Pereira 1991).

Entre los 5 y los 7 años los niños dan un salto cualitativo en el desarrollo de sus capacidades y en su autonomía personal. A partir de esta edad se inicia el aprendizaje fuera del hogar en el ámbito griego, y comienzan a marcarse con más fuerza las distancias entre el género masculino y el femenino. No sabemos qué tipo de modificaciones aparejaba esta edad en el mundo ibérico, pero observamos que desde tempranas edades algunos saben tocar la doble flauta, por lo que puede aventurarse que una de las primeras enseñanzas se relacionaba con la música. Algo mayor de esta edad, pero no mucho, podría ser el niño representado en el cipo de Jumilla, que recibe la protección de un personaje relevante. Va vestido como un típico varón ibérico, pero sin armamento de importancia ni manto. La joven que toca la doble flauta en Osuna o las que rodean la gola de Corral de Saus llevan también la túnica larga femenina, pero carecen de velo. Son algunos indicios que llevan a pensar en la existencia de una cierta diferenciación en el vestido marcada por el sexo y la edad, que subraya un escalonamiento explícito en la organización de la sociedad ibérica.

Con la llegada de la juventud probablemente se iniciarían los acontecimientos que transformarían definitivamente a los varones en adultos de pleno derecho, y a las mujeres en objetivo de matrimonio. Ambos podrían jugar diversos papeles a lo largo de su vida, siendo uno de ellos el religioso, puesto que sobre los padres de familia y sobre las mujeres parecen recaer responsabilidades sacerdotales en ciertos casos (Chapa y Madrigal 1997; Pereira 1999). Las habilidades de los hombres, sin embargo, parecen hacerse más explícitas a través de la iconografía. Los relieves de Porcuna (Fig. 16,1-2) en los que se muestra a jóvenes cazadores y luchadores revelan una formación organizada que tiene sus referentes en la paideia griega (Schnapp 1997). La relación con la naturaleza y el recorrido por los límites silvestres del territorio doméstico hacen a los futuros adultos expertos en la supervivencia y en las artes de la caza, todo ello útil para su formación como Guerreros y por tanto representantes adecuados de la aristocracia (Ruiz 2000). La falta de armamento de prestigio en las tumbas ibéricas de individuos pre-adolescentes ratifica la hipótesis de que éstas sólo se adquirieron tras una larga etapa de formación, debiendo conformarse hasta entonces con elementos menos sofisticados.

Pero este paso lento hacia el carácter adulto no debió ser una característica general para toda la población. Probablemente muchas personas de rango social inferior fueron dedicadas al trabajo desde su infancia, y no dispusieron de la posibilidad de formarse a niveles más sofisticados. El propio sistema económico y político, así como la guerra interna o las contiendas a nivel más general debieron provocar la existencia de poblaciones dependientes ligadas a la producción -agricultura, pastoreo, minería, artesanado, etc.- (Rawson 1997; Plácido 2000: 94). Son los adultos prematuros, que siempre han configurado una "segunda infancia", más difícil de rastrear aún que la primera, pero también más numerosa a medida que la sociedad fuera ganando cotas de complejidad y vinculación con otras culturas vecinas. También en eso probablemente el mundo ibérico asimiló los sistemas de su contexto mediterráneo. .. .

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